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Sebastián Gómez Urra

¿Dónde está nuestra realidad?

Resumen: Este artículo nace a partir de las investigaciones comenzadas en los ramos de Arte y Pensamiento Oriental y Estética Clásica de la Licenciatura en Estética de la Universidad Católica de Chile. Como tal, este ensayo busca encontrar un eje comparativo entre Japón, como representante de Oriente, y Occidente, tomando este último como heredero de la doctrina platónica. El elemento a confrontar será la forma en que ambos polos resonantes construyen la realidad, utilizando para ello los términos mcluhianos: angelismo y robotismo. Las diferencias se harán evidentes, pero será aún más interesante encontrar que la posmodernidad ha logrado que hoy nos encontremos ante el mundo de manera similar. Occidente ha ido alejándose paulatinamente del angelismo lineal para encontrarse ante la realidad, a través de la producción simbólica, de manera simultánea, global y robótica. La obra del artista contemporáneo japonés Takashi Murakami servirá de enunciadora de nuestras diferencias, como también será el llamado a encontrar nuestras similitudes, nuestros propios monstruos perdidos entre las sombras de nuestra cultura.

Palabras clave: Filosofía, estética, estética oriental, estética clásica, Marshall McLuhan, Takashi Murakami, realidad, angelismo, robotismo.

Abstract: This essay is made among the investigations held on two subjects at the BA in Aesthetics of the Catholic University of Chile: Oriental Art and Thinking and Classical Aesthetics. As such, this investigation tries to look for a comparative axis between Japan, as a representative of the Far East, and the West, as a culture built on the heritage of Plato’s doctrine. The central comparative theme will be the way both resonant poles build reality. We are borrowing two terms from McLuhan for this investigation: angelism and robotism. The differences between these two cultures will be evident, although it will be more interesting to find out that, nowadays, Postmodernity has made us see the world almost the same way. The West has been tearing apart from its previous lineal angelism so it might find reality in a more robotic, global and simultaneous manner, through its artistic production. The work of the Japanese contemporary artist Takashi Murakami will lead the way on uttering our differences, as it will be the calling for us to find our similarities, our own monsters lost among the shadows of our culture.

Keywords: Philosophy, aesthetics, oriental aesthetics, classical aesthetics, Marshall McLuhan, Takashi Murakami, reality, angelism, robotism.

 

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¿Dónde está nuestra realidad?

 

Sebastián Gómez Urra
seb.gomez.u@gmail.com
Santiago, julio de 2010

 

Al encuentro con la alteridad
El régimen escópico y el angelismo platónico
Super Flat
Superposición de realidades
La multitud versus la línea
拝啓  君は生きている
Bibliografía

 

Al encuentro con la alteridad

Nos encontramos mirando fijamente  hacia adelante.  Por detrás de nuestra cabeza escuchamos difusamente el resoplido de algo, pareciera ser un animal. De súbito, recordamos que estamos en la ciudad; ninguna bestia sonaría así. Los escalofríos comienzan a recorrer nuestra espina dorsal. Aquel resoplido pareciera no moverse, pero tampoco se va. De pronto, la mirada se nubla, sentimos un golpe en nuestro cuello y luego, la oscuridad.
Somos, ante todo, indefensos. Nos encontramos en una época en la que los dispositivos inmunológicos que nos proveían de seguridad necesaria se han ido destruyendo poco a poco. Pronto los monstruos vendrán por nosotros y ni siquiera nos daremos cuenta.
Un sentimiento similar deben haber tenido los Antiguos, habitantes de una tierra árida y hostil, de un mar embravecido y de un viento que traía mensajes cifrados de algo que no podían comprender. La respuesta primera fue el mito, la disipación de los miedos en imágenes simbólicas colectivas que se compartían en un tiempo cíclico, periódicamente realizando los ritos que aseguraran otro año más de orden cósmico(1). Sin embargo, tal concepción de mundo relegaba al ser humano a ser esclavo de su entorno, impidiéndole su progreso y liberación; debía simplemente aceptar su destino, amarlo inclusive.
Entonces fue necesario crear algún sistema que permitiera dar seguridad al hombre frente a la naturaleza y, al mismo tiempo, liberarlo de la subyugación al cosmos. Poco a poco, la cultura griega intentará demostrar su dominio sobre los elementos a través de su ingenio y su capacidad intelectual, hasta que, finalmente, el poder mítico ceda paso al régimen lógico. Sócrates será la condensación y sistematización  de este tránsito, siendo, a través de los escritos de Platón, la fundamentación de toda la cultura occidental por los dos mil años siguientes.
Da la casualidad que siempre que hacemos una afirmación de nuestra cultura, necesariamente debamos añadirle el adjetivo “occidental”. ¿A qué se debe esto? Sabemos que Oriente es diferente, pero ¿de qué forma? ¿Cómo es una sociedad en la que no existió Sócrates?
Este ensayo no busca responder estas preguntas. En primer lugar, porque sería imposible realizar una comparación de contrarios sin hacer en este ejercicio una valoración occidental. La contraposición de términos binarios es precisamente una herencia socrática. En segundo lugar, nuestra aproximación a lo que es Oriente hoy –como lo otro de Occidente– sería infructuosa, sobre todo si pensamos en el proceso globalizador de la modernidad que, paulatinamente, ha ido desintegrando los límites entre las diversas culturas.
Sin embargo, en esta época, en un tiempo en el que nos hallamos indefensos ante aquellos monstruos librados del sello platónico, resulta esclarecedor el acercarnos desde una perspectiva oriental al tratar de hacer evidente el potente régimen socrático que condicionó a la cultura occidental. En palabras de Barthes:
“What can be addressed, in the consideration of the Orient, are not other symbols, another metaphysics, another wisdom… is the possibility of difference, of a mutation, of a revolution in the property of symbolic systems. Someday we must write the history of our own obscurity –manifest the destiny of our narcissism”(2).
Y hoy, más que nunca, es necesario escribir sobre nuestra oscuridad y dejar manifiesto aquel pasado que se encontraba oculto bajo un sistema socrático de inmunización selectiva.  Necesitamos ver nuestra propia sombra, tal vez a través de otras sombras, a través de otras formas de relacionarse con ellas.
Oriente es, por otra parte, una gran diversidad de culturas. No se le puede tomar como un bloque otro, difuso y, por lo tanto, similar entre sí. Mas no es de extrañar que en el imaginario de nuestra sociedad, Oriente todavía sea lo Otro. Occidente se creó a partir de la noción socrática de que todo conocimiento necesita de la dialéctica, del auto-conocimiento a partir de la alteridad. Cuando nos tocó enfrentar el proceso globalizador de la modernización, nos enfrentamos al peligro de mezclarnos: si ya no hay otro con el que dialogar, no hay posibilidad de conocimiento. Nuestra cultura siempre ha necesitado de la construcción del Otro para poder edificar su propia identidad. Con la formación de los estados nacionales en la Era Moderna, cada país se construyó un imaginario colectivo de diferenciación a partir de la definición de lo que no-soy, de lo que los otros son y que yo no comparto. Tal y como la sociedad griega concebía a los asiáticos: extranjeros, excesivamente perfumados y engalanados, lo femenino, lo misterioso, lo falso. El Este es un mundo que se construye al revés, un mundo que está exactamente al otro lado del planeta, con los pies arriba y la cabeza abajo. Incluso basta recordar que para la mayoría de los occidentales cualquier persona con ojos rasgados es “china”, sin importar si esta es japonesa, vietnamita o tailandesa, ya que todo ese lugar alejado está sesgado por una nebulosidad inquebrantable que no permite distinguir más allá de ese vocablo que radicaliza en una palabra el desconcierto ante el otro misterioso. Lo “chino” es la incomprensión por antonomasia –“¡Me estás hablando en chino!”–.
Por este mismo motivo es evidente lo necesario que es ir al encuentro del Otro para alcanzar lo Otro dentro de nosotros mismos. Por tanto, dentro del mundo oriental, ¿hacia dónde debemos apuntar? Si tomamos en consideración las palabras de Octavio Paz, la India representa la oposición a Occidente dentro del mismo sistema y, el Extremo Oriente, un sistema distinto(3). A mi parecer, Japón (al menos) ya no es una forma completamente diferente de ver el mundo. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país del sol naciente se transformó en un anexo de Occidente, en los hijos prodigios del imperialismo estadounidense y es en este mismísimo punto donde radica la importancia de tomarlo como eje comparativo, como exorcizador de nuestros prejuicios socráticos o, por lo menos, como su identificador. A partir de la segunda mitad del siglo XX, Japón juega al mismo juego que nosotros. La diferencia está en que lo aprendió de forma distinta. Allá Sócrates llegó como un paquete envasado, en un frasco de vidrio ya bastante trizado.
En síntesis, el presente ensayo versará principalmente sobre una enunciación de lo Otro a partir de Japón, específicamente desde la obra de Takashi Murakami. Trataremos de establecer comparaciones en lo que ha sido la instauración del paradigma posmoderno –con la subsecuente desestabilización del régimen socrático–, tanto para el mundo occidental como para el país nipón, a través de dos formas diferentes de construcción y representación de la realidad: angelismo y robotismo.

 

 

El régimen escópico y el angelismo platónico

“Las primeras batallas de Platón estaban concentradas en destruir la propensión oriental al tribalismo griego; enfatizó el conocimiento del hemisferio izquierdo por encima del derecho”.
Marshall McLuhan. La aldea global

 

Occidente se caracteriza por centrarse en un único punto de fuga, no permitiendo que exista algo con un enfoque diferente dentro del mismo cuadro. De esta forma, se cree simular de mejor manera la realidad. Mas no es un simple recurso pictórico, sino que ha condicionado nuestra forma de ver el mundo en su totalidad. La magistral investigación de McLuhan, La aldea global, tiene ya a finales de los ochenta la capacidad de develar la estructura de realidad que configura nuestra sociedad. Ello gracias a nuestra formación en su mayor parte bajo la doctrina platónica, debido particularmente a lo que él llama el “angelismo platónico”(4).
A lo largo de los escritos de Platón, podemos elaborar una teoría bastante extensa sobre cómo pudo llegar el pensamiento de este filósofo a determinar la manera de relacionarse con el entorno de toda una sociedad. Sin embargo, bastaría para este ensayo recordar la manera en que Sócrates se deshace paulatinamente del viejo pensamiento mítico para racionalizarlo.
La República es un libro revelador en este aspecto pues, a pesar de que encontremos diversos matices a través de los distintos diálogos, en él se concentran y pulen los puntos principales de lo que Platón aspira sea la sociedad en su totalidad.  En este diálogo está contenida, a través de la alegoría de la línea, la génesis de lo que será la expresión del “pensamiento lineal” en Occidente. 
Para la doctrina socrática era necesario exacerbar las capacidades del lado izquierdo del cerebro, en tanto propiciaba labores intelectuales y analíticas, las que permitían liberarse del mundo sensible y sus ataques monstruosos. Platón no lo debe haber pensado exactamente así, pero es impresionante cómo los estudios hechos al cerebro permiten calcar a cabalidad las facultades del hemisferio occidental a la episteme socrática. Hasta entrado el siglo XX, la filosofía de Occidente será una actividad exclusiva del hemisferio izquierdo.
¿Cuáles son estas funciones del lado siniestro en el cerebro humano?  En primer lugar, controla el lado derecho del cuerpo, lo que no es algo menor si consideramos que etimológicamente lo derecho es lo correcto, lo justo, la ley. Además, se constituye en una forma secuencial de pensamiento y, por lo tanto, propicia la estructura analítico-lógica que desarrollará a cabalidad Aristóteles. Sin embargo, lo más importante en nuestro análisis es el control en el procesamiento de la información que recibe del ojo, concatenando cuadros de manera secuencial para producir la sensación de movimiento. Además, nos ayuda a expresarnos a través del habla, de la verbalización y de la argumentación. Esta última ampliamente defendida, por ejemplo, en el Fedro –de hecho, este mismo ensayo debe estar escrito bajo lo mencionado en aquel diálogo: una cabeza, un cuerpo y una cola. Secuencialidad, linealidad, intelectualidad, análisis, clasificación, voz y mirada: todas estas cualidades serán la base del pensamiento platónico.
Se pasará entonces a reinterpretar los mitos que poseía el mundo griego, y Platón usará ese mismo sistema simbólico que tan bien conocían sus coterráneos para colar una instrucción paidética de su propia doctrina. Los monstruos míticos (pulpos, zorras, serpientes –sobre todo ellas–) pasarán a ser parte del bestiario maldito de Occidente. Así también ocurrirá con todo lo relacionado a la vida terrena, al cuerpo y su tacto, su sexualidad. Se establecerá un sistema de pares binarios opuestos, no dialécticos, que constituirán la categorización de los contrarios en valorizaciones polares: uno positivo y el otro negativo. No hay lugar para más en la linealidad del hemisferio izquierdo, únicamente la raya derecha y erecta que divide al mundo en dos. La mujer, mucho más ligada a la naturaleza –acaso por su ciclo menstrual/lunar–, será condenada al polo negativo junto con lo frío, lo irracional, lo natural. Se pregonará el valor de lo impenetrable/activo –acorde a las facultades del hemisferio izquierdo– por sobre lo penetrable/pasivo: el falo-logocentrismo marcará el exilio de mujeres y, sobre todo, de homosexuales(5).
El hecho de que logremos entender cómo funciona la formación de la filosofía socrática no nos explica la razón de esta elección. Si hay otras sociedades que no sesgaron el lado derecho del cerebro, ¿por qué la nuestra lo hizo? Tal vez esto sea demasiado difícil de responder a cabalidad en este minuto, pero no nos haría mal retomar una idea muy básica que ya mencionamos anteriormente y que es precisamente la que permitió que el cristianismo se identificara con el platonismo: la liberación del cuerpo y, como consecuencia, de la muerte. No sería extraño que el miedo a la muerte haya terminado por dar paso a la promesa de una vida suprasensible y eterna, permitiendo así que nos libráramos de tener que temerle a la naturaleza y sus manifestaciones míticas. Fue quizás un traspaso de un modelo inmunizador a otro: del mythos al logos.
Se veía prometedor ya no tener que ocuparse del cuerpo, ya no tener temor, dedicando la vida entera al cultivo del alma y del intelecto para que dieran frutos en la vida eterna, exclusiva de lo incorpóreo. Mas no previeron que aquellos monstruos que habitaban la naturaleza tarde o temprano vendrían a buscarnos, que nuestro propio cuerpo nos traicionaría, exponiéndose en los lugares más incómodos e insospechados. El propio camino intelectual instaurado por Sócrates devendrá en la muerte de Dios y, con ello, en la destrucción de la promesa de la vida eterna. Tenemos el camino, pero no la meta. Aquello nos hizo volver la mirada hacia este mundo, hacia la naturaleza y hacia nosotros mismos, para que en los albores de la posmodernidad nos demos cuenta de que había algo oculto en las sombras.

 

 

Super Flat

“私達のリアリティ-はどこあるのか。”(6)
–Takashi Murakami. Super Flat Manifesto

 

Japón no es el mismo desde que lo forzaron a cambiar tras el término de la Segunda Guerra Mundial. Este pueblo, que había estado desde siempre profundamente arraigado a sus tradiciones filosófico-religiosas, fue devastado desde todos los flancos posibles, para no volver a ser el mismo jamás.
La modernidad llegó a Japón como una bomba atómica –dos, para ser exactos–, calando una herida que quedó para siempre en el imaginario de todos sus habitantes y marcando todo lo que serían y harían en el futuro. El Japón de hoy está construido sobre la cicatriz.
No basta con recalcar los menoscabos físicos causados por el ataque estadounidense; la herida más importante se encuentra en el profundo daño que recibió la imagen que Japón tenía de sí mismo. Después de la restauración Meiji a fines del siglo XIX, el país se veía como una fuerza imparable, una tierra favorecida. A través de la historia de aquella nación, se asentó en su ideario la imagen de ser una sociedad cobijada por la naturaleza y sus espíritus(7).
La modernidad, por su parte, ingresó a Japón por la fuerza. Los ideales de Estados Unidos fueron superpuestos a los propios de la región, lo que solo pudo ocurrir tras el golpe a la médula que significó el ser derrotados. Quizá un seppuku masivo habría sido la única forma de salvar el honor, pero eso era la solución de otros tiempos: los samurái ya habían desaparecido con el inicio de la industrialización en la Era Meiji. Japón ya no tenía otra salida más que vivir con la cicatriz en la frente, marcados por la vergüenza de haber sido vencidos e incluso invadidos.
La industrialización, a pesar de haber comenzado a fines del siglo XIX, tomó un giro drástico tras la Segunda Guerra Mundial, como si el honor perdido ante el mundo lo hubieran de recuperar a través de rendir mejor que el mismo Occidente en el juego que les instauraron. A pesar de todo, lo lograron, convirtiéndose en pocas décadas en una de las mayores potencias económicas mundiales, condición que han mantenido hasta el presente.
 “日本は世界の未来かもしらない(8). De esta manera comienza el manifiesto Super Flat del artista contemporáneo Takashi Murakami. No deja de tener resonancia si miramos al Japón de hoy: el juego de modernizarse precipitadamente los llevó más allá de la posmodernidad, como si este país hubiera saltado en menos de medio siglo de la premodernidad a la hipermodernidad del mundo.
Japón resulta ser lo tecnológico por antonomasia, la conquista total de la técnica, desde el Shinkansen a lo burdo que resulta para nosotros el tener inodoros electrónicos. Existen máquinas expendedoras para casi todo lo imaginable: desde ramen instantáneo hasta I-Pods y celulares. Para el planeta, el país del sol naciente se sitúa en un estadio inaccesible de eficiencia y tecnología. El primer mundo occidental podrá ser lo moderno, el desarrollo en sí mismo, mas Japón es más moderno que lo moderno, es el desborde de la misma “modernidad”, situándose en el nivel de lo incomprensible.
Podría plantearse que Japón ha tenido una vía más fácil que Occidente para acceder a este estadio hipermoderno, al mantener sin cambios el imaginario de colectividad y sociedad de masas que implica el desarrollo posmoderno(9), pero creo que lo planteado por Murakami va más allá de una filosofía oriental común a muchos países de Asia(10). Hay aquí en juego algo muy particular a lo japonés: la estructura de realidades que posee la cultura nipona.
Cuando Murakami en su manifiesto se pregunta sobre la locación de la realidad japonesa, lo hace poniendo especial énfasis en la palabra “realidad”, usando la palabra inglesa “reality”. La modernidad y la colonización americanas trajeron consigo mucho más que la industrialización, al entregar a la sociedad nipona nociones demasiado extrañas para poder ser comprendidas a cabalidad. ¿Qué es esta noción de realidad que traen los americanos? ¿Por qué creen que existe solamente una?
Super Flat” es la expresión que utiliza Murakami para capturar la estructura de realidad que los japoneses han poseído desde siempre, siendo esa misma visión la que se ha colado por el mundo a través de su producción simbólica. El origen de “Super Flat” está en una subasta en Estados Unidos: “‘How about this painting? It’s super flat, super high quality, and super clean!’ I thought I saw a basic truth about Japanese culture in these words, no different from the words that might be used to sell Japanese cars or electronics(11). El imaginario occidental sobre lo japonés se limita a la excesiva tecnología, eficiencia y pulcritud que existe allí, ampliando la observación incluso a obras pictóricas, pero que, para el artista, define a cabalidad lo que él busca como propio a su cultura.
¿Dónde se encuentra entonces la realidad japonesa que busca Murakami? No está en su prolijidad, su limpieza, su orden o la cualidad minimalista de su concepción estética, sino más bien en el plano donde se montan, unas sobre otras, diferentes capas de realidad. A mi parecer, el Shintô (神道) proveyó a los japoneses de una capacidad de entender el mundo bajo diferentes miradas simultáneas, o, como lo diría McLuhan, de una manera robótica: “el robotismo, o el pensamiento del hemisferio derecho, es la capacidad de ser una presencia consciente en varios lugares al mismo tiempo”(12). Lo podemos ilustrar a través de la figura del Torii (鳥居), un portal a través del cual se accede a la realidad de los Kami (神) y por el que las propias divinidades pueden salir(13). Ambas realidades se superponen unas con otras y deben mirarse desde diferentes perspectivas, poseyendo cada cual una concepción diferente de espacio y tiempo. Bajo este concepto, Murakami acuña el término “multitudes” para referirse a los ocho millones de Kami que constituyen el universo anímico japonés. “Todo elemento natural, todo objeto tiene su propia vida”(14) y, sin embargo, conviven sincrónicamente en el mundo. Una construcción mítica del cosmos, como la que poseían hasta cierto punto los griegos presocráticos. Un espacio acústico, global y envolvente.

 

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(1) PAZ, Octavio.  Conjunciones y disyunciones.  México: Joaquín Mortiz, 1969.  pp.17-19.

(2) BARTHES, Roland.  Empire of sings.  New York: Hill & Wang, 1982.  Citado  por HEBDIGE, Dick.  Flat Boy vs. Skinny.  En: SCHIMMEL, Paul.  ©Murakami.  Los Angeles, CA: Museum of Contemporary Art, 2007.   p. 14.

(3) PAZ.  Op. Cit.  p. 48.

(4) MCLUHAN, Marshall.  Platón y el angelismo.  En: La aldea global.  Barcelona: Gedisa, 1993.  

(5) Ver AMÍCOLA, José.  Camp y posvanguardia.  Buenos Aires: Paidós, 2000.  Se realiza, en la introducción de este texto, una revisión de la homosexualidad como tabú en tanto pasividad, perpetuado en la cultura occidental gracias a la cosmovisión griega y, en particular, a la doctrina platónica.

(6) “¿Dónde está nuestra realidad?” Traducción libre. 

(7) Basta recordar que la Invasión Mongol fue detenida por las tormentas que destruyeron los barcos de los continentales.  El ejército japonés, por su propia cuenta, no tenía forma de repeler el ataque.

(8) MURAKAMI, Takashi.  Super Flat Manifesto   En: Super Flat.  Tokyo:Madra, 2000.  p. 4. “Japón podría ser como el futuro del mundo”.  Traducción libre.

(9) FLEMING, Jeff.  My reality.   Das Moines: Des Moines Art Center, 2001.   p. 15.

(10) Radical importancia tiene el hecho de que tanto a Corea como a Japón el budismo haya venido directamente de China, donde tuvo grandes influencias confucianistas, importando la noción de un fuerte compromiso comunitario y con el Estado.

(11) MURAKAMI, Takashi.  The Super Flat Trilogy.  En: Little Boy. The arts of Japan's exploding subculture.  New York: Japan Society,  2005.   p. 153.

(12) MCLUHAN.  Op. Cit.  p. 91.

(13) Ver ROSS, Floyd Hiatt.  Shinto: The way of Japan.  Boston: Boston Beacon Press, 1965.

(14) MURAKAMI, Takashi.  Citado por HEBDIGE.  Op. Cit.  p. 36.

 

 

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