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Editorial Cuarta Edición.

Apuntes sobre lenguaje, estructura, vacío y ausencia.

por Cristian Galarce López

 

"El habla del fragmento (…) atraviesa y acompaña,
en todos los tiempos, todo saber, todo discurso,
con otro lenguaje que lo interrumpe llevándolo,
en la forma de un redoblamiento, hacia la exterioridad
en donde habla lo ininterrumpido, el fin que no acaba."
Maurice Blanchot. (1)

 

Si se presenta un problema al intentar referirse verbalmente a lo que llamamos lenguaje, es la situación paradójica de tener como única herramienta descriptiva aquello que es a la vez el objeto descrito, es decir, el lenguaje mismo. En un segundo nivel de observación el problema se torna más complejo, en cuanto el lenguaje no solo ocupa el lugar de herramienta y objeto, sino que es además, y simultáneamente, el elemento fundamental de todo el proceso analítico, al ser materia constituyente del pensamiento discursivo que sustenta. Ahora bien, por una parte, cuando el ejercicio planteado refiere a elementos sintácticos, gramaticales, e incluso pragmáticos del objeto observado -es decir problemas de forma y uso- esta paradoja no entorpece la capacidad de la herramienta/objeto de vehicular y plasmar en verbo la práctica analítica y descriptiva a partir de su propia funcionalidad metalingüística, permitiendo develar cómo se estructuran y relacionan entre sí, operacionalmente, los signos en un lenguaje que pertenece a un sujeto hablante (2); pero por otra parte, y muy por el contrario, cuando el ejercicio refiere a problemas de contenido la situación varía y nos encontramos ante una enorme dificultad para dar respuesta verbal a la pregunta sobre aquello que el lenguaje, como tal, contiene.

Si observamos desde la práctica cotidiana nuestros modos de relacionarnos con el lenguaje, sus usos, funciones, naturalezas e incluso materialidades, pareciera ser que la presencia de un contenido en cada signo es permanente e incluso conditio sine qua non de su existencia. En efecto, tradicionalmente, y sobre todo a partir de las investigaciones y propuestas derivadas de la filosofía, la lingüística, la semiología y el psicoanálisis, hemos aprendido a entender que si el signo contiene algo, ese algo es su significado. Para Ferdinand de Saussure, por ejemplo, este significado sería básicamente un contenido mental asociado al signo lingüístico. En la propuesta de Charles Pierce observamos algo muy similar: significado sería la interpretación del signo, dada por un intérprete en un proceso ilimitado de semiosis -elemento que será fundamental para la construcción teórica de Umberto Eco. Por otra parte, en el Ludwig Wittgenstein de las Investigaciones Filosóficas y de los Cuadernos Azul y Marrón, la posibilidad de existencia del significado se ve pragmáticamente asociada al uso cotidiano del lenguaje, que sería el único lugar en el que éste efectivamente aparece como tal. Sin embargo, aunque la semiótica y particularmente la semántica -entendida desde una mirada amplia como reunión de discursos sobre aspectos de significado, interpretación o sentido de los signos- nos ofrezca una posibilidad de comprensión acerca de lo que el lenguaje y los signos de-signan, no nos permite sumergirnos en el contenido del lenguaje, sino al contrario, desvía nuestra trayectoria de observación hacia aquello que el lenguaje señala o indica (3) y los modos en que lo hace. En efecto, el concepto de semiosis ilimitada o infinita desarrollado por Pierce y Eco es explorado también por Jacques Derrida, autor que lo describe como estructuras capaces de dar sentido y organizar las contradicciones internas de un texto dado, estando esta descripción muy cerca de la idea de deconstrucción, entendida por Derrida como producción de "estructuras significativas cuya eficiencia interpretativa depende de su permanencia en el discurso"(4), es decir, la semiosis observada como parte constitutiva de un método o una praxis hermenéutica.

Los conceptos de semiosis ilimitada y deconstrucción nos ofrecen, entonces, una manera de observar el problema que pareciera apuntar a la naturaleza misma del signo, por cuanto éste como tal designará siempre a otra cosa que es a su vez un signo de otro signo, a partir de cuyas relaciones estructurales y semánticas es posible practicar la interpretación, interpretación que es signo también de algo. Es, pues, a partir de esta relación circular e infinita entre los signos que podemos plantear que la respuesta a la pregunta sobre el contenido del lenguaje es también una paradoja, por cuanto el lenguaje es, en efecto, tanto contenido como continente de sí mismo; y de ahí la imposibilidad de hacer en él una disociación exacta entre forma, uso y contenido. De la misma manera, la autorrefencialidad del lenguaje verbal no existe sólo y de manera única cuando éste opera desde su funcionalidad metalingüística, sino que es más bien, y fundamentalmente, su condición de existencia -condición que por lo demás no es exclusiva del lenguaje verbal, sino de toda semia. Entonces, desde este punto de vista, incluso la semántica y la hermenéutica refieren a las condiciones de posibilidad de las formaciones discursivas y describen sus relaciones en los usos del lenguaje, dado que el enunciado no es más que sus propias condiciones de posibilidad y no contiene nada más que a sí mismo. Es ésta, al parecer, la problemática más radical de la estructura, o siendo mas preciso, de todo estructuralismo ontológico: la imposibilidad de dar cuenta de aquello que le es previo y le origina, en el lenguaje mismo, sin dejar de ser lo que pretende ser.

Si bien los pliegues del lenguaje -aquello que éste explica e implica (5)- son manifestación del vacío que lo constituye como tal, al mismo tiempo dejan entrever algo más, algo que a nuestros ojos aparenta ser parte de su propia naturaleza constituyente, que se confunde con él, pero que sin embargo y como hemos planteado, no le pertenece. Tal pareciera ser la búsqueda incesante de Maurice Blanchot en un texto que será luego citado magistralmente por Foucault: "No una palabra, apenas un murmullo, apenas un escalofrío, menos que el silencio, menos que el abismo del vacío; la plenitud del vacío, algo a lo que no se puede hacer callar, que ocupa todo el espacio, lo ininterrumpido, lo incesante, un escalofrío y acto seguido un murmullo, no un murmullo sino una palabra, y no una palabra cualquiera, sino distinta, justa, a mi alcance"(6)

¿Qué es, entonces, ese algo que intuimos en el lenguaje y que puede ser observado a través de él? Si seguimos adelante con este razonamiento resulta evidente que ni es, ni hace parte del lenguaje mismo. Por el contrario, parece ser que ese algo es justamente aquello que el lenguaje no es ni puede ser, pero cuya presencia pre-sentimos a través de sus pliegues, despliegues y espacios vacíos; manteniéndose de este modo, simultánea y contradictoriamente, oculta.  Esta extraña presencia, que es a la vez ausencia, no solo está fuera del lenguaje sino que más exactamente le precede como origen, origen que se oculta y desaparece en su propia imposibilidad de significarse, o de devenir-signo. Si Sigmund Freud describe a la escritura como lenguaje de lo ausente; Gilles Deleuze nos dice que escribir: "quizás sea sacar a la luz ese agenciamiento del inconsciente , seleccionar las voces susurrantes, convocar las tribus y los idiomas secretos de los que extraigo algo que llamo Yo."(7)

Todo lenguaje es manifestación de una imposibilidad esencial al sujeto: la de subjetivarse en un código, debido a la distancia insalvable que lo separa de éste. Ahora bien, si existe algo que que separa al sujeto del lenguaje, ese algo es la contraparte de este último: la experiencia. La experiencia desnuda, como estado previo a toda estructura de relaciones significantes, previo a todo código, a todo sistema y a todo signo; perteneciente -tanto como el sujeto mismo- a una categoría distinta a la del lenguaje, al punto de ser incompatibles entre sí, pues si el signo pareciera ser lo único que hace posible hacer presente al sujeto ausente (8), no lo hace presente como presencia, sino como ausencia de sí.

Con todo lo dicho, si bien sería posible una experiencia del lenguaje, se hace al mismo tiempo imposible un lenguaje de la experiencia. Posibilidad de una experiencia del lenguaje, provocada al dar un paso atrás de él para experimentarlo como tal, observándolo, percibiéndolo, vivenciándolo; lo que probablemente resulta evidente si pensamos en el lenguaje poético y en general en las artes, pero que es una posibilidad extensible aún al lenguaje verbal en todas sus formas, a las semias en general -incluidas las ciencias- y más importante aún, al pensamiento mismo. Y simultáneamente entonces, la imposibilidad de un lenguaje de la experiencia, pues ésta es -en su infinita e impredecible complejidad- irreductible a estructura, código, sistema o lenguaje alguno; se resiste a ser reducida y se transforma, por ende, en incomunicable e intransferible. Todo lenguaje es, así, manifestación de una incompatibilidad entre sujeto y código, al mismo tiempo que manifestación de un vacío y una imposibilidad: la de decir aquello que queda simple e indefectiblemente como no dicho, pero desde cuyos pliegues y espacios vacíos podemos entrever al Otro que nos habla y, en él, a nosotros mismos.

Agosto de 2009.

________________________

Notas:

(1) Blanchot, Maurice. La ausencia del libro. Nietzsche y la escritura fragmentaria. Ed. Caldén, Buenos Aires, 1973. p.11.
(2) Sujeto hablante, como concepto gramatical, opuesto en este contexto al sujeto ontológico.
(3) Designar, de raíz latina, signāre: señalar, firmar. La partícula 'de-' ya desde el latín, pero asimismo en el español, se agrega como prefijo que refuerza el significado de la palabra original. De-signar, entonces, reforzando el señalar, indicar, denominar.
(4) Jacques Derrida. De la Gramatología. Siglo XXI. Buenos Aires. 1971. p.78.
(5) Implicar/Explicar, del latín Implicâre/Explicâre: Plegar, desplegar; doblar hacia adentro, hacia afuera.
(6) Blanchot, Maurice. 'Celui qui ne m'accompagnait pas' (aquel que no me acompañaba), Gallimard, Paris, 1953. Citado en Foucault, Michel. 'El Pensamiento del Afuera', Trad. Manuel Arranz, Pre-textos, Valencia, 2004. p.26.
(7) Deleuze, Gilles; Guattari, Félix: Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Trad. de José Vázquez Pérez.  Pre-Textos, Valencia, 2000. p.89.
(8) Cf. Lacan, Jacques. "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis." En: Escritos I. Siglo XXI, México, 1972.

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