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Editorial Tercera Edición.

El Otro de Antonin Artaud

La machine de l’être ou Dessin à regarder de traviole
Lápiz y tizas de color en papel manchado y arrugado

por María Emilia Tijoux

El Otro de Artaud, nos invita a salir de lo que somos en tanto representación social perversa y conveniente, para advertirnos que desnaturalizándonos, abrimos nuestras conciencias al desarme de la lógica ordinaria de nuestra conformidad. La lectura de sus obras nos arrastra por la ruta del sentido y del sin sentido, donde viviremos afuera y adentro de la brutalidad del mundo, descubriendo aquella encarnación que no termina en un ser, sino en un acto. El Otro de Artaud vive en su interior, producto de la enfermedad individual y social de un tiempo de barbarie.

El siglo XX quedará marcado por la obra del dolor y la revuelta de Antonin Artaud. En tiempos de un terror racional que sometiera millones de personas al castigo y a la muerte, la fuerza maldita de este artista llega para permanecer, como un nervio radical. El dolor es el Otro que naciera en él en su infancia y que lo acompaña hasta su muerte, poniéndolo a prueba de la crueldad de una vida que lo convierte en soberano de un mundo que humanizó deshaciéndose de lo humano. Este dolor y su dolor, lo consumen y golpean sus escritos salpicando las páginas con pedazos del mal que lo obliga al flagelo. El cuchillo o el lápiz le servirán para atacar el punto nervioso que demuestra su dolencia.

La alteración de sí que provoca este dolor construye a un otro que inscribe al individuo en una existencia otra que mezcla cuerpo y sentido, confrontando un acontecimiento corporal a un universo de sentido y de valor. Hecho de existencia, el dolor metamorfosea violentamente al que sufre, cambiando su relación con el mundo (1). El sufrimiento invade como efracción al sentimiento de identidad y el dolor se hace un doble, como una sombra, una máscara, un espectro de la “inquietante extrañeza”. El motivo del doble escribe Freud, es “la puesta en escena de personajes que por el hecho de su apariencia semejante, forzosamente se les considera idénticos” (2). El hombre sufre en todo el espesor de su ser, de su historia, aplastando al individuo, rompiendo la evidencia de su relación con el mundo.

Esa violencia muda que llega hasta el cuerpo del artista, no puede darse en la vida que solo la retrata y la repite, cual testimonio que impide la explicación y el examen. Esa violencia sin embargo, logra hablar y decir en la escena de un teatro donde el cuerpo juega y se juega completamente, fuera de la Ley. La escena teatral permite creer, porque contiene el corazón y los sentidos, porque es “el lugar físico y concreto que pide que se le llene y se le haga hablar su lenguaje concreto” (3). Solo la expresión auténtica y la dificultad de producirla contiene la potencia artística de un castigo autoinfligido para escapar de los tormentos de la vida. Con el juego dramático que Artaud nos presenta en sus escritos y dibujos, busca sangrar hasta el infinito para enfrentar al dolor.

La atadura entre el teatro y la vida hace actuar a la poderosa fuerza de los dobles que Artaud busca agazapado en su dolor: la peste, la alquimia, la crueldad y otros con los que se identifica y que rechaza, en un vaivén desesperado de porfiada creatividad, como un Van Gogh que dibuja cuervos negros en un cielo estremecido, indiferente a los honores. Sus dobles se despegan y se multiplican, mientras Artaud escribe, dibuja, desarma el cuerpo, lo cose en el papel, lo extirpa de su realidad formal, lo hace actuar en un teatro del cuerpo “en acto”, que no se da como espectáculo(4). Artaud disuelve las formas y borra las separaciones, en una violencia de la visión de dibujos que muestran al cuerpo más vasto y extenso que lo que realmente es.

El Teatro y su doble, expone la prueba teatral de una nueva forma de expresión que, al igual que la peste, surge como delirio comunicador. “En el teatro como en la peste hay algo a la vez victorioso y vengador. Ese incendio espontáneo que la peste enciende por donde pasa, vemos bien que no es mas que una inmensa destrucción”(5). La crueldad como signo del exceso, es la interpelación cruel de la existencia humana soldada a la sociedad y amarrada a una cultura que se esconde tras su pestilente horror. Para Artaud, todo lo que actúa es crueldad y el teatro, más que representar una realidad, debe renovarse en torno a la idea de crueldad, como un teatro que contrariamente a lo clásico, no espere, ni explique, ni pida compensación de su actuación.

El teatro de la crueldad ambiciona despegar los ojos enfermos abriéndolos al sentido, mostrándole al espectador desde un teatro sin fronteras, que está muerto en vida y que al descubrir esa condición podrá salir a la existencia. Teatro y vida, arte y vida son una sola cosa que aparece dibujada como una “máquina del ser”(6).

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notas:

(1) Le Breton, D, Anthrophologie de la douleur, París, Metaillé, 1995.
(2) Freud, S, “L’inquiétante étrangeté”, en L’Inquiétante étrangeté et autres essais, París, Gallimard, 1985.
(3) Artaud, Le thêatre et son double, en Oeuvres, Gallimard, 2004, p. 524.
(4) Evelyne Grossman, Artaud, « l’aliéné authentique », Editions Farrago, Editions Léo Scheer, Tours, 2003.
(5) Artaud, Op. Cit. P. 518.
(6) Artaud, A, remitirse al dibujo: La machine de l’être ou Dessin à regarder de traviole.

 

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